(1 de junio) Mientras el Gobierno elimina barreras para productos chinos y las importaciones baten récords históricos, cierran fábricas emblemáticas de autopartes, vidrio, calzado y electrónica, entre otras, todos los días. Empresas que durante décadas produjeron en el país ahora importan desde China. Miles de trabajadores pierden sus puestos y Argentina profundiza un esquema cada vez más dependiente: exportar alimentos y comprar manufacturas.
Por primera vez en décadas, Argentina dejó de fabricar rulemanes. La decisión del Ministerio de Economía de eliminar las medidas antidumping para los rodamientos chinos no fue simplemente un trámite administrativo: fue la confirmación oficial de que ya no queda industria nacional para proteger. El cierre de SKF Argentina en Tortuguitas terminó de vaciar un sector estratégico para la maquinaria, la industria automotriz y la producción metalúrgica.
El argumento utilizado por el Gobierno fue tan explícito como alarmante: las barreras comerciales ya no tenían sentido porque desapareció la producción local. Así, mientras se celebran la apertura importadora y el ingreso de productos baratos desde China, la economía argentina empieza a mostrar una postal cada vez más repetida: fábricas cerradas, hornos apagados, líneas de producción paralizadas y trabajadores expulsados del empleo formal.
El fenómeno ya atraviesa a sectores completos. Rigolleau apagó uno de sus hornos industriales y comenzó a importar vajilla china porque producir localmente dejó de ser rentable. John Foos dejará de fabricar zapatillas en Beccar para traer producto terminado desde China. Aires del Sur quebró en Tierra del Fuego tras décadas fabricando aires acondicionados Electra y Fedders. Citroën dejará de producir modelos en Argentina para concentrarse en Brasil. Cabot cerró su histórica planta en Campana después de más de 60 años. La secuencia se repite una y otra vez: la mercadería subsidiada que reemplaza completamente la producción nacional.
El avance Chino no aparece solamente en los productos baratos que llenan góndolas y depósitos. También se refleja en la pérdida acelerada de capacidad industrial argentina. Mientras fábricas nacionales achican turnos, suspenden trabajadores o cierran definitivamente, China profundiza su presencia en todos los segmentos del mercado local.
La llegada de BYD al puerto de Zárate con 7.000 autos chinos transportados en un buque propio fue una demostración contundente del cambio de escala. La automotriz asiática desembarcó con logística integrada, financiamiento y capacidad industrial gigantesca, en un contexto donde terminales locales reducen producción, aplican retiros voluntarios y reemplazan fabricación por importación.
El impacto ya se siente con fuerza en Tierra del Fuego. Según datos de la Fundación Innovación Fueguina, el empleo industrial cayó más del 20% en apenas meses y la producción electrónica se desplomó cerca del 55% interanual. Lo que durante años fue presentado como uno de los polos fabriles más importantes del país atraviesa hoy una crisis inédita, con plantas paralizadas, caída del consumo y empresas que no logran competir frente a productos importados.
Mientras las fábricas argentinas retroceden, el vínculo comercial con China se profundiza bajo una lógica cada vez más desigual. Argentina vende alimentos y materias primas; China vende tecnología, autos, maquinaria, textiles y manufacturas.
La imagen más clara apareció en Chongqing, una megaciudad china de más de 30 millones de habitantes, donde el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina lanzó una gigantesca campaña para expandir el consumo de carne argentina en el interior asiático. Restaurantes de lujo, influencers, hoteles internacionales y shows de tango forman parte de la estrategia para consolidar a Argentina como proveedor alimentario del gigante chino.
La escena resume el nuevo esquema económico: barcos cargados de carne y soja salen hacia Asia mientras ingresan autos eléctricos, electrodomésticos, zapatillas, maquinaria y productos industriales terminados. Incluso Axel Kicillof terminó describiendo esa lógica con una frase que es preocupante considerando la cantidad de trabajadores que quedan en la calle todos los días: “Nosotros le exportamos alimentos y productos primarios, y luego adquirimos productos industrializados”.
La definición expone una discusión histórica para el movimiento obrero y para el modelo productivo argentino. Porque durante décadas el peronismo sostuvo que el desarrollo nacional debía construirse sobre industria, empleo formal y sustitución de importaciones. Ahora empieza a consolidarse un paradigma completamente distinto: un país que produce commodities y consume manufacturas extranjeras. Un pueblo sin trabajo, y encima, con hambre.
El problema no termina en los cierres fabriles. Cada planta que baja sus persianas arrastra talleres, proveedores, logística, transporte y comercio. La destrucción industrial multiplica sus efectos sobre toda la economía.
Mientras desaparecen empleos fabriles relativamente estables, avanzan actividades mucho más precarias vinculadas al depósito, la venta informal y la logística de productos importados.
En paralelo, las compras vía courier desde plataformas chinas como Shein y Temu alcanzaron récords históricos. Sólo en abril ingresaron productos por 118 millones de dólares mediante ese sistema, con un crecimiento interanual superior al 135%. La industria cae, las importaciones explotan y el empleo formal pierde terreno frente a actividades de baja calidad laboral.
La discusión ya no pasa solamente por si conviene abrir o cerrar la economía. El verdadero debate es qué tipo de país emerge cuando producir deja de ser rentable. China no sólo vende mercadería. También desplaza cadenas productivas enteras cuando los países abandonan políticas industriales propias. Y Argentina empieza a mostrar señales cada vez más evidentes de ese proceso: menos fábricas, más importaciones, menor empleo formal y una economía crecientemente dependiente de exportar alimentos mientras importa casi todo lo demás.
La paradoja final es brutal. Mientras Argentina promociona carne en hoteles de lujo chinos, mientras pierde fábricas, tecnología, empleo industrial y capacidad productiva. El riesgo ya no es solamente económico. También es social: un país sin industria es un país con menos trabajo calificado, menos salarios de calidad y menos posibilidades de desarrollo propio.